La decisión del presidente Joe Biden de retractarse de su palabra y otorgar un indulto categórico a su hijo, Hunter, justo semanas antes de su sentencia programada por condenas federales de armas y evasión fiscal fue una sorpresa que no fue tan inesperada.
No para aquellos que habían presenciado la angustia del presidente por sus dos hijos después de que los chicos sobrevivieran a un accidente automovilístico que mató a la primera esposa de Biden y a una hija hace más de medio siglo. O para aquellos que escucharon al presidente lamentar regularmente la muerte de su hijo mayor, Beau, por cáncer o expresar preocupaciones —principalmente en privado— sobre la sobriedad y salud de Hunter después de años de profunda adicción.
Pero al elegir poner a su familia primero, el presidente de 82 años —quien había prometido restaurar la confianza en las instituciones de la nación y el respeto por el Estado de Derecho— ha planteado nuevas preguntas sobre su ya tambaleante legado.

