Perder el control hoy se ha vuelto demasiado común como para seguir explicándolo solo como un problema de carácter, advierte Oom Blanco, doctor en Neurociencia Cognitiva Aplicada.
Para él, sólo basta mirar alrededor para darse cuenta de cómo reaccionan los niños con intensidad desproporcionada cuando se les retira una pantalla, adultos irritables sin una causa aparente, relaciones tensas sostenidas por una constante sensación de saturación. Y, sin embargo, la explicación más repetida sigue siendo la misma: «le falta control«.
Una explicación de mayor complejidad
El neuropsicólogo e investigador explica que la ira es una emoción básica.
«No es un defecto, no es una falla moral, no es un error del sistema. Aparece cuando algo bloquea lo que queremos, cuando percibimos una injusticia o cuando sentimos que se ha violado una expectativa importante. Es, en esencia, una respuesta adaptativa. El problema no es sentirla, sino no poder regularla«.
Justamente en este punto es donde el también docente, considera que se cambia el nivel de lo que se está hablando, pues «regular una emoción no es un acto de voluntad aislado, sino el resultado de un sistema cerebral funcionando en equilibrio«.
Para explicarlo, Blanco ofrece datos de mucho interés con lo que se explica cómo actúa nuestro cuerpo, previo y durante la ira:
- Estructuras como la amígdala activan rápidamente la respuesta emocional.
- El lóbulo frontal se encarga de frenar, organizar y dar contexto a esa reacción.
El neuropsicólogo deja bien en claro que cuando este sistema funciona bien, el enojo no desaparece, pero se contiene, se procesa y se expresa de forma adaptativa. «Cuando no, la reacción se adelanta al pensamiento».

