Cada 26 de mayo se celebra el Día Mundial de Drácula, en honor a uno de los personajes más icónicos del terror y la literatura universal.
El vampiro es una imagen común en la cultura pop actual y que adopta muchas formas: desde Alucard, el gallardo engendro de Drácula en el juego de PlayStation “Castlevania: Symphony of the Night”; hasta Edward, el amante romántico e idealista de la serie “Crepúsculo”.
En muchos aspectos, el vampiro de hoy está muy alejado de sus raíces en el folclore de Europa del Este. Como profesor de estudios eslavos que ha impartido un curso sobre vampiros llamado “Drácula” durante más de una década, siempre me fascina la popularidad del vampiro, teniendo en cuenta sus orígenes: como criatura demoníaca fuertemente asociada a la enfermedad.
La primera referencia conocida a los vampiros apareció por escrito en ruso antiguo en el año 1047, poco después de que el cristianismo ortodoxo se trasladara a Europa del Este.
El término vampiro era “upir”, cuyo origen es incierto, pero su posible significado literal era “la cosa en la fiesta o el sacrificio”, refiriéndose a una entidad espiritual potencialmente peligrosa que la gente creía que podía aparecer en los rituales para los muertos.
Se trataba de un eufemismo utilizado para evitar pronunciar el nombre de la criatura y, por desgracia, es posible que los historiadores nunca lleguen a conocer su verdadero nombre, ni siquiera cuándo surgieron las creencias al respecto.

